En la vida necesitamos una flor,
un jardín que acaricie la espera,
un terreno donde sembrar los sueños
que mueren en el alma sin que lo sepa.
Sin conocer la belleza del todo,
sin medir lo cruel de lo escaso,
sin tocar lo grande del cielo
ni la tierra que absorbe el fracaso.
Y enredado en el ansia de tener,
sin tener, sin saber, sin entender,
me pregunto para qué sirve el ayer
si el tiempo lo borró sin querer.
Lloré por la flor perdida,
aquella que amé y cuidé,
casi fue mía un instante,
en la isla bonita que nunca olvidé.
Llevo en la vena izquierda
la sangre de la vena derecha,
y entre ambas, todo sucede
como si el milagro fuera rutina eterna.
Pero un día la vida alumbró
la belleza que busqué tan lejos,
y ahí estaba, tan cerca,
frente a mí, en mi propia historia.